La Punta

Mañana de playa con Antoinnette. Una llamada y estábamos camino a la Punta. Fui de buena gana, hacía mucho que no iba por allá a broncearme en Chucuito. Muchos de mis recuerdos de la Punta se refieren a uno o dos veranos que pasé por allá con Gudny quien fue mi primera enamorada -creo, ya no recuerdo bien-. Ella y yo estudiábamos en la misma facultad pero en salones diferentes.

Vagamente recuerdo haber sido parte de un triángulo, sin saberlo. Yo paraba con Lianne, conversabamos con frecuencia y pasabamos el tiempo entre clases juntos o en grupo. Yo no sabía de Gudny, pero al parecer ella sí sabía de mí.

Gudny era bajita, muy vivaz, con una de esas sonrisas que aparecen rápidamente y transforman todo su rostro. De piel clara y cabello castaño muy lacio, solo se la veía bien bronceada en verano. De contextura media, pero acentuada por su breve estatura, vestía de manera casual, pero con cierto buen gusto y transmitía la imagen de ser una buena chica, pero algo rebelde. Y lo era. Ambas cosas.

En algunos aspectos Lianne era lo opuesto: alta, casi de mi estatura, de largo cabello negro azabache, piel tostada, unos inmensos ojos negros y una femineidad tranquila de movimientos poco bruscos. No era delgada ni gruesa, más bien curvilínea y tenía todo lo que hay que tener bastante bien puesto. Su rostro y color de piel evocaban a alguna belleza paquistaní o hindú, no llamativa a primera vista pero bastante única al verla con más detenimiento.

La historia empezó en algo así como que Gudny dijo que yo le gustaba, en público. Alguien me lo contó a mí, a mí me dio curiosidad saber quien era esa pequeña, así que empecé a tratarla. Y a vacilarla terriblemente sin proponérmelo. Supongo que en su afán de llamar mi atención exageraba algunas cosas -o quizá era su modo de hablar- y yo le ponía los pies en la tierra con unas cuantas palabras o una frase en broma sin mala intención, por lo que ella se molestaba tremendamente. Se ponía roja de cólera. Y yo me reía sin realmente entender una conducta tan rara. Pero siempre volvía por más.

Ach, die Frauen…

Pero la historia comienza en realidad antes, ambas venían del mismo colegio y Gudny tendía a cruzarse en el camino de los chicos que a Lianne le gustaban. No se si eso la llevó inicialmente a fijarse en mí pero la cosa es que terminamos una vez más allá de Makaha sentados en la arena dándonos un beso muy breve. Ni siquiera un buen chape. No parecía la gran cosa. Pero recuerdo que luego ella estaba radiante, lo anunció a todos, y me llevaba de la mano, casi jalándome. No recuerdo haber hecho mucho pero todo parecía ordenarse por si mismo: ella se convirtió en la ‘enamorada’ de Absynthe y yo en el ‘enamorado’ de Gudny. La gente del grupo nos invitaba en plural, o hablaba como si ella estuviera ahí, siendo que ella no estaba.

Es rara y graciosa la vida social.

Parte de mi extrañeza, o de que ya entonces podía ver con una cierta distancia esta vida social, que ya experimentaba antes de Gudny, se relaciona probablemente a los dos mundos en que vivía.

De lunes a viernes asistía a mis clases de filosofía. Mucha de la gente que estudiaba conmigo tenía vocación religiosa y esperaba continuar teología o unirse a alguna orden o venía de familias católicas que a manera de estudios generales envíaban a sus hijos para que decidan que hacer y lo hagan luego de un traslado. A diferencia de ellos, yo llegué allá porque quería entender cosas, pero sin un fin divino; leía desde la secundaria a Camus, Sarte, Nietzsche y otros por lo que hacía algunas preguntas que “comprenderás estudiando allá”. No tenía ciertamente vocación religiosa y entre otras perlas ya entonces creía correcto lo que luego me enteré se llamaba anabaptismo y que me convertía en un hereje cismático, automáticamente excomulgado latae sententiae . Esto torturaba a mi madre quien de dirigir la palabra a un apóstata como yo sería también excomulgada automáticamente, por hablar ‘con el maligno’. Falaz argumento, gran divertimento.

Sin embargo aunque todo esto marcaba una distancia con muchos de los devotos estudiantes, yo hablaba con monjas, futuros curas, sodálites y laicos consagrados mientras miraba a ratos sus zapatos brillantes y camisas con las puntas del cuello abotonadas y los oía emocionarse y contar sus planes y expectativas mirando hacia arriba, como añorando y regocijándose en el disfrute prometido. Si eso era lo que querían, porque no dejarlos ser. Hice algunas amistades. Raros eran los personajes como mi amiga Meredith y su himen complaciente, una compañera de clases divertida, algo extravagante y bastante open-minded. Muchos pasaban por allá simplemente sin destacar ni por una u otra cosa.

Este mundo pío y devoto de pensamientos arcanos y dogmas absurdos era la contraposición de mis fines de semana y mi tiempo libre de más de dos días. Buena parte de mi socialización adolescente se dio entre juergueros pero disciplinados montañeros, gente muy variada desde los más espirituales que iban a la montaña buscando una experiencia interior y encontrarse consigo mismo en la soledad y a través del esfuerzo físico, hasta los que iban por la fogata, los vinos, la ocasional parrilla, las chicas, los wiritos y el ambiente open-mind y relax que era la norma. Había de todo para que cada quien se sirva lo que desee. Nadie te obligaba a hacer o dejar de hacer algo o nada, salvo escalar. O intentarlo. Y los viajes largos donde terminábamos mezclados con andinistas, viajeros, viajeras y vagos y vagas de todos lados, oyendo y hablando en ocasiones hasta 7 idiomas distintos, compartiendo unos meses, a veces tomando una casa -pobre casa- y juergueando les nuites sauvages cuando regresábamos de la montaña. Mucho para contarlo en solo estas líneas.

Quizá esta dicotomía no debía ser rota.

Llevé a Gudny de un mundo al otro y terminamos desagradablemente. No nos hablamos hasta ahora y no tuve más noticias de ella desde entonces.

Pero caminando por la calle que da a su casa, recuerdo a su muti y lo bien que me llevaba con ella. Creo que en parte me estimaba tanto porque nunca tuvo un hijo varón. Casi me dan ganas de visitarla y ver si sigue viva y tomar un lonche con pan francés calientito que siempre ponía a la mesa.

Antoinnette me habla, debemos volver pues va a salir no sé donde y tiene que hacer no sé que.

La Punta se merece un regreso para tomar unas fotos y redondear esta historia.

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